La rotación de cultivos: una ayuda frente al agotamiento del suelo

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Durante el desarrollo de las plantas estas van absorbiendo por las raíces el agua y los nutrientes que necesitan para crecer de forma correcta y obtener un rendimiento óptimo. Sin embargo, estos nutrientes deben ser repuestos, ya que su disponibilidad en la solución del suelo es, en la mayoría de los casos, escasa. Tradicionalmente esta reposición se ha realizado mediante fertilización, lo que ha llevado a los cultivos a una mayor dependencia, al agotamiento del suelo y al aumento del gasto en insumos, y aunque recientemente ha aumentado el uso de fertilizantes orgánicos, existen otras formas sostenibles de “llenar la despensa” de nuestro suelo.

Imagen procedente de un banco de imágenes.

Una de estas formas es la rotación de cultivos, que consiste en alternar plantas de diferentes familias, con diferentes sistemas radiculares y con necesidades diferentes en una misma parcela durante distintos ciclos y en un orden definido. Pero, ¿qué beneficios aporta esta práctica?

  • Aumenta la captura de nitrógeno atmosférico cuando en la rotación se incorporan leguminosas, reduciendo los costes en fertilizantes nitrogenados y aumentando el aprovechamiento de los abonados aportados al suelo.
  • Contribuye a evitar el agotamiento del suelo.
  • Contribuye una mejor distribución de nutrientes del suelo por las diferentes longitudes que alcanzan las raíces.
  • Mejora el control de las malas hierbas.
  • Disminuye los problemas de plagas y enfermedades al provocar un cambio de hábitat, por lo que sus ciclos vitales se interrumpen, provocando también un ahorro en pesticidas.
  • Mejoran la porosidad del suelo, aumentando la retención de agua y protegiendo frente a la erosión del suelo.
  • Aumentan los rendimientos, ya que la reposición de nutrientes de forma natural y en una cantidad adecuada facilita la producción.
  • Protegen la naturaleza al contribuir con el menor uso de fertilizantes químicos y pesticidas que suponen un riesgo para la flora, fauna y seres humanos por contaminación del suelo y del agua.

Y, ¿qué debemos tener en cuenta al plantear esta práctica?

No repetir cultivos de la misma especie o familia:

  • Solanáceas (berenjena, patata, pimiento, tomate).
  • Umbelíferas (zanahoria, perejil, apio) y liliáceas (ajo, cebolla, puerro).
  • Leguminosas (guisante, haba, judía) y crucíferas (brócoli, berza, coliflor, repollo, rábano).
  • Compuestas (lechuga, escarola, achicoria), quenopodiáceas (acelga, espinaca, remolacha) y cucurbitáceas (calabacín, calabaza, pepino).

Alternar cultivos en función de su exigencia de nutrientes:

  • Plantas exigentes en materia orgánica (patatas, calabazas, calabacines, tomates, pimientos, pepinos, melones, sandías, coles, coliflores o maíz).
  • Medianamente exigentes en abonos orgánicos (acelgas, lechugas, escarolas, zanahorias, remolachas, rabanitos y chirivía).
  • Poco exigentes en abonos orgánicos (ajos, cebollas, rabanitos, guisantes, judías, habas, soja, lentejas o altramuces)
  • Mejorantes (trébol, veza, centeno, avena, etc.).
  • En rotaciones más experimentadas podemos intercalar un cultivo, asociando al cultivo principal otros cultivos que puedan ser beneficiosos o que permitan aprovechar mejor el espacio.

Es conveniente recordar que las buenas prácticas de manejo en el suelo tienen un beneficio directo sobre el suelo y su fertilidad, ya que redundan en la mejora del suelo, la mejora en la dinámica del agua y la biodiversidad, por lo que es importante tenerlas en consideración en la gestión de nuestro suelo en virtud de una agricultura más sostenible y resiliente.