Un manejo sostenible del suelo es esencial para contribuir a mejorar la biodiversidad y la fertilidad del suelo, ya que no sería interesante conocer al detalle las propiedades del suelo, las concentraciones y disponibilidad de sus nutrientes o su biodiversidad si después llevamos prácticas que las perjudiquen. Además, el hecho de que el suelo sea una compleja red interconectada entre sí resalta aún más la necesidad de llevar a cabo un manejo respetuoso.

Una de las prácticas más importantes es la labranza. Tradicionalmente ha consistido en trazar surcos profundos en el suelo, de manera que se favorezca la exploración de las raíces a través del suelo y favoreciendo el control de malezas, la incorporación de materia orgánica, etc. Sin embargo esta práctica acaba siendo perjudicial, pues expone al suelo a la erosión, favorece la oxidación de la materia orgánica, rompe la estructura del suelo, etc., afectando negativamente a la rentabilidad y los rendimientos. Además, se ha demostrado que la labranza tradicional tiene un efecto negativo importante en el recuento de microorganismos.

En respuesta, los agricultores comenzaron a reducir el número de laboreos o incluso a evitarlo por completo. La reducción del laboreo implica, además, la eliminación del volteo, el uso de otros aperos menos agresivos y una menor profundidad de actuación. La cero labranza, por su parte, consiste en sembrar directamente sobre el suelo sin remover los residuos de cultivos anteriores.
¿Qué ventajas implican estos cambios?
- Se emite menos CO2 a la atmósfera y se usa menos maquinaria dependiente de combustibles fósiles a la vez que mejora el secuestro de carbono.
- Ahorro económico en carburantes.
- Se reduce la susceptibilidad a la erosión del suelo.
- Aumenta la proporción de materia orgánica en el suelo, favoreciendo propiedades como la estructura, porosidad, aireación, disponibilidad de agua, disponibilidad de nutrientes, formación del complejo arcillo-húmico, la biodiversidad y la actividad biológica.
- Disminuye la pérdida de agua del suelo, reduciéndose la necesidad de riego y favoreciendo la gestión eficiente de los recursos hídricos.
De esta manera, mejorará la resiliencia del ecosistema y por tanto la fertilidad del suelo y la rentabilidad del cultivo para el agricultor.
