Un suelo sano es aquel que tiene capacidad para sustentar la vida y la producción agrícola y presenta resiliencia para adaptarse y superar los cambios que puedan darse. Para medirla es imprescindible llevar a cabo análisis periódicos que nos ofrezcan datos cuantitativos y una persona con suficiente experiencia para poder interpretar los resultados. Sin embargo, la salud del suelo no es definitiva, pues cambios en las prácticas de manejo agronómico están afectando al suelo y a su capacidad para producir alimentos sanos, por lo que es esencial establecer planes de seguimiento y monitorización de su estado de salud.
De esta forma, aunque el suelo conforma un ecosistema complejo donde todos sus componentes influyen unos en otros, es importante conocer parte por parte qué parámetros influyen directamente en procesos como el que veremos hoy, la gestión del agua.

Por qué es importante
El agua es un recurso muy escaso, por lo que aumentar la eficiencia en su uso es esencial para alcanzar un desarrollo sostenible. Además, eventos climáticos como la sequía o periodos de lluvia torrencial afectan especialmente al suelo al alterar la infiltración y redistribución del agua disponible para las plantas y pueden provocar anoxia en las raíces, sequía, erosión, ineficiencia del uso del agua y los nutrientes y alteración del agua superficial y subterránea.
Para evaluar la dinámica del agua del suelo podemos estudiar los siguientes parámetros
- Estabilidad de los agregados
Es un importante indicador de la salud del suelo que describe su resistencia y está directamente relacionado con la porosidad, aireación, permeabilidad y enraizamiento, ya que los agregados conforman, junto con cationes, exudados radiculares, agua y materia orgánica, la estructura del suelo. Esta estructura no es estática y los agregados pueden disgregarse por disminución de materia orgánica, aumento de la erosión, labranza intensiva con volteo, compactación, etc.
- Densidad aparente y resistencia a la penetración del suelo
La densidad aparente se define como el peso seco del suelo por unidad de volumen incluyendo el espacio poroso, es decir, tal y como se encuentra de forma natural, mientras que la resistencia a la penetración del suelo hace referencia a la capacidad de las raíces para explorar horizontes más profundos en búsqueda de agua, nutrientes y sujeción. Ambas mediciones nos informan sobre la compactación del suelo que, como ya hemos visto, está directamente relacionada con otras propiedades importantes.
- Tasa de infiltración de la superficie del suelo
Indica la velocidad con la que el agua penetra en el suelo durante la lluvia o el riego y nos permite establecer el tiempo de riego necesario para reponer el agua que necesitan los cultivos.
- Capacidad de retención de agua
Es el agua almacenada y disponible para la planta, es decir, el agua retenida por el suelo entra la capacidad de campo y el punto de marchitez permanente, por lo que este valor depende de la textura, contenido en carbono orgánico y la estructura del suelo.
¿Qué podemos hacer?
Al tratarse de parámetros estrechamente relacionados es evidente que las prácticas agrícolas que beneficien a uno de ellos tendrán también un efecto positivo en los demás. Así, para mejorar la eficiencia en el uso del agua es muy importante:
- Planificar los aportes de materia orgánica y los planes de fertilización.
- Utilizar cubiertas de suelo que protejan de la erosión y de la formación de costras superficiales a la vez que aportan residuos orgánicos.
- Disminuir o eliminar la labranza y evitar el volteo de suelo.
- Evitar el uso de maquinaria pesada o animales que aplasten el suelo y provoquen su compactación.
- Registrar los riegos, mantener las instalaciones y llevar a cabo analíticas de agua.
- Utilizar sistemas de riego localizado.
- Realizar análisis de suelo periódicos que nos permitan monitorizar la salud del suelo.
Este post ha sido elaborado a partir del artículo “Assessing Soil Health: Soil Water Cycling” redactado por la Soil Science Society of America y publicado en Crop Soils (2020)
