A la hora de hablar de la biodiversidad del suelo es muy frecuente que el primer pensamiento que tengamos es sobre las bacterias y hongos del suelo. Este grupo tan numeroso de organismos vivos es lo que llamamos la microfauna que, como ya hemos visto, juega un papel fundamental en la mineralización y humificación de la materia orgánica, permitiendo la solubilidad de los nutrientes y favoreciendo su absorción por las raíces de las plantas. Además, también hemos hablado de las relaciones simbióticas que se establecen entre ellos y las raíces y que permiten mejorar el suelo y mejorar la absorción.
Sin embargo, dentro de la biodiversidad encontramos otros organismos que normalmente olvidamos pero que son esenciales para el correcto funcionamiento de este ecosistema tan complejo y, aunque comúnmente los llamemos “bichos”, se trata de seres vivos que se organizan en la mesofauna y la macrofauna según su tamaño.

La mesofauna comprende invertebrados con un tamaño entre 0,1 mm y 2 mm que suelen ocupar la superficie del suelo y son los ácaros, colémbolos, sínfilos, proturos, dipluros, paurópodos, tisanópteros, sacópteros, enquitreidos y polxénidos. Estos “bichos” participan activamente en la descomposición de la materia orgánica ya que fragmentan los restos vegetales para alimentarse, mineralizan los nutrientes, regulan las poblaciones de microfauna y favorecen la estructura del suelo mediante la formación de agregados, mejorando así otras propiedades como la aireación, la filtración y la retención de agua. Además, son muy sensibles a perturbaciones del medio debido a las prácticas agrícolas realizadas sobre el suelo, por lo que son un buen indicador del estado de conservación. Además, diversos estudios han comprobado que prácticas sostenibles como el uso de abonos verdes y otras que provocan un aumento de la proporción de materia orgánica incrementan la mesofauna del suelo y promueven su conservación.
La macrofauna comprende invertebrados con un tamaño entre 2 y 20 mm como los formicios, oligoquetos (lombrices), isópodos (cochinillas), diplopodos (milpiés), quilópodos (cienpiés), moluscos e insectos, cuya distribución depende de la temperatura y humedad del suelo. Entre sus beneficios en el suelo destacan la creación de agregados en el suelo, la mejora de la estructura y las propiedades que derivan de ella, regulan la dinámica de la materia orgánica, mejoran la disponibilidad de nutrientes, mezclan el mantillo con el suelo y favorecen la humificación, ejercen tareas de biocontrol al funcionar como depredadores de la macro y mesofauna y forman comunidades que cooperan para un buen funcionamiento del ecosistema edáfico.
Así, no existe biodiversidad sin los tres grupos ya que si alguno falla se rompería el equilibrio que conforman. Respetar y promover sus mantenimiento es esencial para el correcto desarrollo de los cultivos, la conservación del medioambiente y la rentabilidad de los cultivos.
