El suelo es la capa más superficial de la corteza terrestre y, de forma general, está organizado en cuatro horizontes que determinan su grosor.

- Horizonte A: También llamado de lixiviación debido a que es pobre en minerales solubles que se pierden hacia los horizontes más profundos. Es rico en materia orgánica.
- Horizonte B: También llamado de precipitación, ya que es donde se acumulan sales minerales en disolución que provienen del horizonte A.
- Horizonte C: También llamado de transición. Se trata de la roca madre en proceso de meteorización.
- Horizonte D: Horizonte más profundo conformado por la roca madre sin alterar.
El primer paso para su formación es la meteorización por agentes atmosféricos que van fragmentando poco a poco la roca madre hasta formar el horizonte C, sobre el que se asientan musgos, líquenes y cianobacterias. Estos seres vivos aportan materia orgánica al suelo por su actividad metabólica de descomposición, formando también el humus y, por tanto, el horizonte A. Finalmente, el suelo queda estructurado horizontalmente y pasa a ser un suelo maduro, donde además se forma el horizonte B por acumulación de la sales procedentes del horizonte A.
En este proceso influyen factores como el clima, imprescindible en la meteorización del suelo; el relieve, que condiciona cómo se erosiona el suelo por el agua que discurre sobre él; la roca madre, que determina la composición, la textura y la estructura de los suelos; y los seres vivos que habitan en él, pues aceleran el proceso de edafogénesis mediante su actividad biológica, contribuyendo a la meteorización del suelo.
Además, el aire, el agua, la materia orgánica y los minerales que lo componen determinarán muchas de sus propiedades, ya que el suelo conforma un complejo ecosistema en el que todas sus propiedades están estrechamente relacionadas. Por ejemplo, la materia orgánica, imprescindible para un suelo fértil, beneficiará a la formación de agregados, la aireación, la disponibilidad de nutrientes y la actividad biológica.
Es importante tener en cuenta que este es un proceso muy largo, pues se necesitan cientos o miles de años para formar un centímetro de suelo pero su destrucción es mucho más sencilla, por lo que debemos considerarlo como un recurso no renovable. Teniendo en cuenta que el suelo es el sustento de la vida que conocemos, es vital cambiar a un modelo de producción más sostenible que fomente su resiliencia, fertilidad, biodiversidad y frene su erosión, desgaste y destrucción.
