A lo largo de los posts publicados hemos visto numerosas propiedades físicas, químicas y biológicas del suelo que condicionan su fertilidad. Sin embargo, debemos ser muy conscientes que la forma en la que trabajamos el suelo, es decir, su manejo, tiene un enorme impacto en cómo se conservan favorablemente esas propiedades y, por tanto, en su fertilidad. Si trasladamos esto a un ejemplo cotidiano, podemos tener una casa increíble, con los mejores muebles y electrodomésticos, pero se irá deteriorando si no le hacemos un buen mantenimiento.

Existen muchas prácticas de manejo. En el post de hoy veremos algunas de ellas y por qué son importantes.
- La labranza: Es una de las prácticas más importantes y tradicionalmente se ha llevado a cabo un laboreo basado en surcos profundos en el suelo. Así se favorecía el control de malezas, la incorporación de materia orgánica, etc. Sin embargo, la labranza intensiva tiene importantes efectos negativos como la mayor oxidación de la materia orgánica, la rotura de la estructura y la mayor exposición del suelo a la erosión, entre otras, disminuyendo la rentabilidad y los rendimientos. En respuesta, los agricultores empezaron a reducir el número de laboreos, se eliminó el volteo del suelo, se empezaron a utilizar aperos menos agresivos y se redujo la profundidad de los surcos.
- Cubiertas vegetales: Son plantas vivas o restos de plantas muertas que conforman una capa sobre la superficie del suelo.
- Rotación de cultivos: Es la alternancia de cultivos de diferentes familias, con diferentes sistemas radiculares y necesidades en una misma parcela durante distintos ciclos y en un orden definido.
- Análisis del suelo: Elegir una analítica que utilice metodologías precisas puede aportarnos información muy útil a la hora de realizar un plan de fertilización eficiente que nos permita aumentar los rendimientos.
- Disminuir el uso de desinfectantes químicos: El uso de desinfectantes químicos inespecíficos eliminan parte de la biodiversidad beneficiosa del suelo, alterando además el equilibrio entre organismos beneficiosos y patógenos y favoreciendo la incidencia de plagas y enfermedades.
Así, estas prácticas ayudan a reducir la susceptibilidad a la erosión, la pérdida de suelo y la compactación, aumentan la proporción de materia orgánica, mejora la estructura del suelo, la retención de agua, la biodiversidad existente y su actividad biológica y favorecen tareas de biocontrol, mejorando la fertilidad del suelo, optimizando el uso de los recursos disponibles y reduciendo el impacto de las actividades agrícolas en el entorno y el medioambiente.
